PERSONAJES HISTÓRICOS DEL CAMPO DE GIBRALTAR (XXIII) El rey Fernando IV y el segundo cerco de Algeciras

| |



Algeciras, con su excelente posición en la orilla norte del Estrecho y su abrigado puerto, era una estratégica fortaleza codiciada por musulmanes y cristianos que, en el año 1309, se hallaba bajo la soberanía del sultán Muhammad III de Granada. Pero, al mismo tiempo, era, para Castilla, el puerto de entrada de las invasiones que, cada cierto tiempo, llegaban a Andalucía desde la orilla africana. Durante la llamada “Batalla del Estrecho” (1279-1344), sería el eje sobre el que giraría la pugna entre los reinos cristianos y los sultanatos musulmanes por dominar tan importante brazo de mar. Sin embargo, el primer intento castellano por apoderarse de Algeciras cuando, en tiempos de Alfonso X el Sabio, le puso cerco su hijo el infante don Pedro había fracasado al ser derrotada, en aguas de la Isla Verde, la escuadra castellana por la musulmana en el verano de 1279.

En el Tratado de Alcalá de Henares, firmado en diciembre del año 1308, el rey de Castilla, Fernando IV, y el de Aragón, Jaime II, acordaron atacar, al mismo tiempo, al reino de Granada: Fernando IV pondría cerco a Algeciras, mientras que Jaime II lo haría con Almería. El rey castellano le prometió al de Aragón que le entregaría una sexta parte del reino de Granada una vez que hubiera sido conquistado. Antes de iniciar la guerra, ambos reyes solicitaron al papa de Aviñón, Clemente V, que concediera el rango de Cruzada a la empresa que iban a emprender contra los musulmanes. El 24 de abril de 1309 el Papa, mediante la bula “Indesinentis cure”, autorizó la predicación de la Santa Cruzada y otorgó a la campaña los diezmos que habían sido concedidos a Aragón para la conquista de Córcega y Cerdeña.



El 27 de julio de 1309, el rey Fernando IV, al frente de un numeroso ejercito constituido por las milicias urbanas y las mesnadas de los grandes señores del reino, entre ellos don Juan Manuel, don Diego López de Haro, señor de Vizcaya, y don Juan de Castilla –apodado el de Tarifa por su participación en la repudiable muerte del hijo de Guzmán el Bueno ante los muros de dicha ciudad en 1294–, y por setecientos caballeros enviados por su suegro, el rey Dionisio I de Portugal, se desplazó desde Jerez hasta las cercanías de Algeciras para poner cerco a la ciudad, entretanto que la escuadra cristiana, formada por diez galeras castellanas y otras diez enviadas por el rey de Aragón, bloqueaba su puerto. Como hiciera, treinta y tres años más tarde, su hijo Alfonso XI, el rey de Castilla ordenó que se excavara un foso o cava rodeando las dos villas y que se situara la artillería neurobalística en los lugares donde más daño pudiera hacer a los sitiados.

El sitio de Algeciras se prolongó durante todo aquel verano sin que los sitiados dieran muestras de estar inclinados a rendirse, pues durante la noche, desde la vecina ciudad de Gibraltar, les entraban saetías y leños cargados con alimentos y armas. Esta circunstancia y las noticias que le trajeron al rey de Castilla los almogávares que tenía patrullando los entornos de Gibraltar, que aseguraban eran muy escasos los defensores con que contaba la ciudad, le hizo pensar en la posibilidad de tomarla y envió, en el mes de septiembre, parte del ejército al mando de don Alonso Pérez de Guzmán El Bueno con las huestes don Juan Núñez de Lara y del arzobispo de Sevilla, para que la atacara. Después de un breve asedio, lograron que los gibraltareños capitularan –mil ciento veinticinco musulmanes, según la Crónica de Fernando IV– con la condición de que les dejaran marchar al Norte de África con todo lo que pudieran llevar consigo. Fernando IV mandó traer a trescientos pobladores de Andalucía y Castilla para ocupar la ciudad recién conquistada, concediéndoles, a finales de enero de 1310, una carta-puebla con ciertos privilegios y exenciones fiscales.

El sitio de Algeciras continuó, aunque no sin dificultades por la falta de vituallas que los temporales de otoño impedían traer hasta el campamento en las recuas de mulas desde Jerez y Tarifa, las avenidas del río de la Miel, que arrasaron parte del campamento y de la línea de cerco de los castellanos, y, sobre todo, por las desavenencias que habían empezado a surgir entre el rey y don Juan Manuel y don Juan el de Tarifa, que estaban descontentos porque hubieran querido atacar la rica vega de Granada para obtener un seguro botín, y no acometer aquel asedio que se presentaba largo y, probablemente, infructuoso.

No obstante, los algecireños no pasaban por mejores momentos. Sin las vituallas y armas que les llegaban de Gibraltar desde la toma de esa ciudad por los castellanos y las fracasadas salidas que hacían desde algunas de las puertas de la ciudad que les ocasionaban numerosas muertes, solo esperaban la ayuda que les pudiera proporcionar el sultán nazarí Muhammad III enviando un ejército de socorro desde Málaga. Por medio de una carta enviada por el Vizconde de Castelnou al rey Jaime II, sabemos que uno de los defensores de Algeciras que se había pasado al campo cristiano, había comunicado a los sitiadores que “en la ciudad no había cosa alguna que comer, sino solamente pan; ni aceite, ni higos, ni manteca, ni atún salado del que solía haber mucho, pero que por causa de nuestras galeras no habían podido pescar”.

Con la llegada del invierno la situación del ejército cristiano había empeorado. A la falta de vituallas y a la muerte de don Alonso Pérez de Guzmán El Bueno en el asalto que había acometido al castillo de Gaucín, vino a unirse una epidemia de peste que asoló el campamento castellano y que acabó con la vida de numerosos guerreros y de caballeros de alcurnia, entre ellos el señor de Vizcaya, don Diego López de Haro. Para mayor consternación del rey de Castilla, en el mes de diciembre los desleales don Juan Manuel y don Juan el de Tarifa le comunicaron que abandonaban el cerco con todas sus huestes (unos quinientos caballeros), decisión a la que se sumaron otros personajes aliados de esos dos poderosos aristócratas. Aunque una semana más tarde llegaron al cerco cuatrocientos caballeros de Galicia, pertenecientes a las mesnadas del arzobispo de Santiago de Compostela, mandados por Rodrigo de Padrón, debilitado el ejército sitiador por la peste y la deserción de don Juan Manuel y de don Juan el de Tarifa, el rey de Castilla no tuvo más remedio de aceptar la propuesta del sultán de Granada que consistía en que levantara el cerco y retornara a Sevilla a cambio de entregarle las fortalezas de Bedmar y Quesada y de cincuenta mil doblas para que sufragara los gastos generados por el cerco.

Acababa el mes de enero del año 1310 cuando Fernando IV, al frente de lo que quedaba del ejército castellano, abandonó Algeciras derrotado y se dirigió a Jerez. Por segunda vez había fracasado el intento castellano de tomar la ciudad de Algeciras a los musulmanes. Finalizado el asedio y libres los algecireños del cerco castellano, el rey de Granada, Muhammad III, los abasteció de todo lo necesario y, luego, procedió a firmar un nuevo pacto con el sultán de Fez, Abu al-Rabi Sulaymán, mediante el cual pasaba la soberanía de Algeciras a los meriníes. Éstos la mantuvieron bajo su dominio hasta que el rey Alfonso XI la conquistó, después de un largo asedio, en el mes de marzo de 1344.



Vía EuropaSur https://www.europasur.es/campo-de-gibraltar/Fernando-IV-segundo-cerco-Algeciras_0_1573345056.html

Previous

Coronavirus Gibraltar exime a los españoles de hacerse test de antígenos o PCR para entrar en el Peñón a partir del 17 de mayo

La Mesa de Trabajo por La Línea reclama “fuertes políticas sociales para erradicar el narcotráfico”

Next

Deja un comentario

A %d blogueros les gusta esto: